Fundación Centro de Estudios VICENTE BLASCO IBAÑEZ

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BLASCO Y CERVANTES

 

Este año se celebra el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de El Quijote, la inmortal obra de Miguel de Cervantes. Con este motivo, y dada la gran admiración que Vicente Blasco Ibáñez profesaba por Miguel de Cervantes, y por su obra, queremos enfocar la actividad de nuestra Fundación en esta dirección.

La admiración de Vicente Blasco Ibáñez por Cervantes fue tal que en sus diferentes domicilios, siempre hubo una lámina o un busto de Cervantes, y en el caso de la Villa de Fontana Rosa, en Menton (Francia),el jardín estaba presidido por un busto dedicado al autor de El Quijote, cuya imagen aparecía también en un panel de azulejos situado sobre la puerta de acceso a la propiedad, flanqueado por las de Dickens y Zola.

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Lo cierto es que el guión, que conservaron los descendientes de Vicente Blasco Ibáñez, y que hoy está depositado, junto con el resto del legado documental, en la Casa-Museo dedicada a su memoria, en la que fuera su residencia en la playa de la Malvarrosa de Valencia, es una prueba palpable de la gran admiración que Blasco Ibáñez sintió por Miguel de Cervantes, y concretamente por su obra insignia: El Quijote.

Por ello, este año, en colaboración con la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Valencia, pretendemos publicar un estudio pormenorizado en el que se pone de manifiesto la estrecha vinculación existente entre Blasco Ibáñez y su admirado maestro, Cervantes, que se manifiesta en numerosos capítulos de su trayectoria vital, y al que se acompañará una copia del guión de ese nuevo El Quijote que Blasco Ibáñez quiso difundir a través de las pantallas de los cinematógrafos de todo el mundo.

En ese mismo jardín, al que el propio Blasco Ibáñez se refería como “El jardín de los novelistas”, existe todavía una fuente monumental dedicada a Miguel de Cervantes, conformada por un friso semicircular soportado por columnas en cuya base se incluyen una serie de azulejos, procedentes Sevilla, en los que se reproducen los diferentes pasajes de El Quijote.

Menos conocido es el hecho de que Vicente Blasco Ibáñez, tras sus primeros contactos con el cinematógrafo, tras el estreno en París, en 1917, del film basado en su novela Sangre y arena que él mismo produjo y codirigió, se fijó el objetivo de llevar al cine la inmortal obra de Miguel de Cervantes. Este deseo, que le acompañó hasta el final de su vida, se vio plasmado en un guión que escribió el propio Blasco Ibáñez con el objetivo de que fuera llevado a la gran pantalla por alguna de las grandes productoras de Hollywood, que en esa época se disputaban sus servicios, bien mediante la adaptación de sus novelas, o bien mediante el encargo de guiones escritos específicamente para ser llevados a la gran pantalla.

El resultado fue un guión cinematográfico basado en las andanzas de El Quijote pero que Blasco Ibáñez trasladó al momento histórico en que lo escribió (la década de 1920) y a un territorio mucho más cercano a los norteamericanos, las tierras de Nuevo México, transformando al hidalgo Don Quijote en un hacendado con propiedades en aquel territorio.

Desgraciadamente, aquel guión no llegó a plasmarse en una película. No sabemos si tendrá que ver en ello la maldición que persigue el rodaje de las sucesivas adaptaciones al cine de esta inmortal novela; el hecho de que algunas de las escenas imaginadas por Blasco Ibáñez requerían de tal cantidad de extras que resultaban antieconómicas; o, simplemente, la falta de interés de las productoras norteamericanas por este tema.

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